GEOGRAPHIC CLUB. DINGO. Tender perfume.

Una amiga japonesa me dijo que nunca contase los sueños si quería que se cumplieran. En este caso, como ya se han cumplido, he decidido ponerlo negro sobre blanco (mi amigo el escritor diría que esta expresión es vulgar pero nunca he creído necesario seguir sus recomendaciones, en mi trabajo no lo necesito). No suelo acordarme de los sueños pero éste me atormentó desde un primer momento… Entraba en un local envuelto en una extraña nebulosa sentimental. De fondo sonaba Misty en la versión de Erroll Garner. Nadie cantaba. Sólo el piano de Garner. Subí unas escaleras y, desde arriba, observé la enorme lámpara que coronaba el techo, las vidrieras de estilo Tiffany, unas imponentes vitrinas con muestras, ropas antiguas, artesanía, experiencias materializadas. Me encontraba en un club inglés, pero mi instinto me empujaba a pedir hamburguesas, aros de cebolla, ensalada de col -o de lo que sea porque ya nunca se sabe-. Sin embargo, abría la carta y encontraba algo totalmente distinto, un universo nuevo al que no estaba acostumbrado, una carta con entrantes, con carnes, pescados, arroces incluso. Comenzaron a servirme, un plato detrás de otro, en ocasiones dos a la vez, no podía más pero seguía, debía terminarlo todo. La música de Garner sonaba una y otra vez… Misty… Con el postre desperté. Me vino una imagen a la cabeza, fugaz, repentina, esta vez muy real. Había estado en el Geographic Club, no tenía duda, ¿pero realmente había probado la carta de allí?

Necesitaba dormir más. Concilié el sueño rápidamente. Esta vez sí, quería comer hamburguesa. Entraba en otro local. Este no era el Geographic Club. Era otro distinto. No me pareció reconocer el sitio, quizás un restaurante nuevo. Un luminoso grande nos daba la bienvenida, iba acompañado, la puerta se abría y entrábamos en un local espacioso, gente tomando cócteles, un ambiente relajado, real good vibes. No reconocía la música pero yo seguía escuchando Misty. Subimos unos escalones -pocos- y nos acomodamos. En la carta: hamburguesas y carnes, y pescado, y brasas, mucha brasa, pasión por el humo… Me dio la impresión de estar ante una carta completa, muy completa también, pero había hamburguesas que era lo que yo deseaba. Miré a mi acompañante y cuando estaba a punto de reconocer aquel rostro –o al menos eso pensaba- desperté. Aquel local… No había estado nunca, pero es muy probable, es seguro… Es muy probable que fuera Dingo.

Me levanté inquieto, una sensación de angustia desasosegante que me empujaba por un lado a ir a aquellos dos restaurantes y, por otro, a reconocer aquel rostro que había tenido delante unos minutos. Unas facciones que sin duda conocía pero ¿sería capaz de identificarlo?

Entré decidido en el Geographic Club: el ambiente, el decorado, la iluminación, todo parecía seguir en su sitio. En ese momento abrí la carta. Carnes, pescados, arroces… Tal y como había soñado. Sin excepción. Ni rastro de la carta de antaño, ahora mucho más variada, amplia, más sugerente. Decidí dejarme llevar.

Ensalada de ventresca con tomate ibérico y pesto. Un buen tomate -de aquellos que ya es difícil encontrar- a los que siguen unas deliciosas flores de alcachofas de Tudela con hummus de calabaza en vinagreta de miel y trufa negra.

Entrantes que dan paso a dos platos obligados en su carta: tortilla de merluza de pincho y salsa de carabineros. Sedosa, aterciopelada, con la intensidad del crustáceo y la suavidad de la merluza. Una tortilla necesaria.

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Y en segundo lugar, el plato (ingenio arquitectónico) de boletus edulis con huevos de corral estrellados, lágrimas de foie, aceite de trufa negra y bouquet de patatas bravas. Todas las texturas, todos los sabores, all souls (esto ya más británico). Un plato sorprendente, una explosión abrumadora, que colma, que sacia, que provoca un éxtasis reconocible por cualquier gourmand avezado.

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Seguimos con el interludio de la caldereta de merluza (sí, seguimos en el Geographic club) y un steak tartar de solomillo de vaca (buen corte, aliño al gusto) para pasar a dos extraordinarias carnes servidas en su punto (inmejorable): entrecot de vaca vieja a la sartén y el siempre excelente maridaje entre el solomillo y el foie a la plancha acompañado de patata violeta y salsa de especias. Delicioso punto y final a un recorrido onírico que se materializaba…

Salí a la calle y respiré. El trafico generaba corrientes de aire que, en un principio, consiguieron despejarme pero, tras unos breves segundos, me sumieron en un estado de semi inconsciencia… Mirando al frente, la mirada perdida, las palmas de las manos en actitud de ofrenda, de agradecimiento, dejé caer los párpados… Una ráfaga de perfume me alcanzó de lleno en ese estado de vigilia en el que me encontraba. Aquel perfume. Lo conozco. Volví mi cabeza y vi cómo una figura de mujer se dirigía veloz calle arriba. La acera estaba atestada de gente. Traté de alcanzarla. Me abría paso aquí y allá, entorpecido por la presencia indeseada de todos aquellos transeúntes que se interponían entre aquella figura y yo. Ese perfume, esa figura. Seguro que ambas se correspondían con aquel rostro que había visto en sueños. Traté de seguirlo, de alcanzarlo, crucé semáforos, sorteé vehículos, creí que podría alcanzarla pero fue imposible. Sin darme cuenta había llegado a Dingo. Ni rastro del perfume. Aún así entré.

El local relajado, amplio pero acogedor, una estética post industrial aunque amable, cálida, de esas que invita a la conversación, al deleite. Inicié con unas patas de cangrejo, tiernas y sabrosas a las que siguieron unos aros de cebolla y unas croquetas de pulled pork -extraordinarias en su textura, potentes de sabor, crujientes en el exterior-. Decidí repetir. Venía de una comida copiosa pero aquellas croquetas eran dignas de reincidencia.

A continuación llegó la Josper y todas aquellas maravillas que de ella salieron. En primer lugar, salmón a la brasa con profundo aroma a carbón acompañado por patata y verduras debidamente braseadas. Una delicia de plato. Un buen taco de salmón en su debido punto. Graso en el interior, marcado en la superficie. Cuando vuelva repetiré este plato, memoricé.

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Hamburguesa con pan de brioche. Carne seleccionada, cortada, picada, armada y cocinada comme il faut. Hamburguesa. Finalmente lo había conseguido. Dado que mis circunstancias favorecían un alto nivel de exigencia, considero que la pieza pasó con nota.

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Ahora sólo necesitaba un postre. No dudé. Cookie con helado de vainilla. Fantástica galleta de considerables proporciones tanto en su diámetro como en el tamaño de las pepitas de chocolate. Delicia irresistible.

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Con la última cucharada se desvanecía mi sueño. Ahora ya lo había cumplido. Espera. No. Todavía quedaba ese rostro.  A mis espaldas sentí nuevamente aquel perfume. Salí corriendo tras él, debía alcanzar aquella figura. Un magnetismo embriagador e irrefrenable me impulsó a perseguirla. Salió del local y giró a la derecha, me apresuré, no debía perderla de vista, una vez fuera traté de realizar aquel giro lo más rápido posible. Frente a mí topé con una excursión de boy scouts. La misteriosa figura se alejaba mientras aquellos niños cantaban canciones, himnos de Australia o que sé yo. Mi sueño desapareció, igual que aquella figura, igual que no lo habían hecho aquellos niños, ellos que deberían de haber estado en algún club inglés, o en alguna hamburguesería, o quizás en un simple parque, o probablemente en cualquier sitio menos allí. Al fondo, aquella melena lacia desaparecía. No importa. Sé que la encontraré. Somehow. Somewhere.

 

 

The Geographic Club

Calle Alcalá, 141

Madrid

Tfno. 915 78 08 62

The Geographic Club

 

 

Dingo

Calle Velázquez, 47

Madrid

Tfno. 910 51 05 06

 

 

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